Devilman, el personaje de Dragon Ball cuyo rayo castiga la maldad

Devilman, el personaje de Dragon Ball cuyo rayo castiga la maldad

En Dragon Ball, Devilman posee un ataque que convierte cualquier rastro de maldad en una amenaza mortal. La idea resulta llamativa, pero también plantea una pregunta difícil: ¿puede medirse la maldad con cifras?

Akkuman, conocido popularmente como Devilman en las adaptaciones hispanohablantes, es un demonio proveniente del Infierno. Debuta en el capítulo 99 del manga original de Akira Toriyama y en el episodio 73 de la adaptación al anime. En la saga del Torneo de Uranai Baba, es el cuarto contendiente al que deben enfrentarse Goku y sus amigos para conseguir gratuitamente la ubicación de la última Esfera del Dragón.

Devilman, el personaje de Dragon Ball cuyo rayo castiga la maldad

En el combate, Devilman se mide con un joven Goku. Intenta imponerse con su fuerza física, sus acrobacias y un tridente, pero queda ampliamente superado por la agilidad y la velocidad del pequeño protagonista.

Acorralado, recurre a su técnica más mortífera: el Devilmite Beam (Akumaitō Kōsen). A diferencia de las ráfagas de Ki convencionales, que dañan mediante el impacto o la fuerza bruta, este ataque busca cualquier rastro de egoísmo, ira o pensamientos oscuros en el corazón de la víctima.

Según la ficción, el rayo amplifica esa chispa de negatividad hasta hacer que el corazón y la mente de la persona exploten desde el interior. No importa si se trata de un villano despiadado o de alguien corriente con un pensamiento egoísta: cualquier pizca de maldad provocaría la muerte instantánea.

Devilman, el personaje de Dragon Ball cuyo rayo castiga la maldad

El ataque no tiene efecto sobre Goku, cuyo corazón es completamente puro y está libre de maldad. Al no encontrar nada que amplificar, el rayo resulta inofensivo y el niño derrota a Devilman con un ataque físico.

El poder es apocalíptico en el mundo de la serie, pero la cuestión que deja en el aire es más amplia: ¿cómo se podría determinar con números si alguien es malo?

Desde el método científico, medir la maldad resulta imposible: no hay un criterio claro ni unidades para cuantificar una idea tan difusa. El filósofo y divulgador Enric F. Gel aborda el tema desde la historia de la filosofía. Señala que, si un villano o superhéroe tuviera ese poder en la vida real, todo el mundo perecería. La filosofía y la ciencia coinciden en que la maldad no se puede cuantificar: es subjetiva, imprecisa y cualitativa. Aun así, algunos filósofos intentaron medirla.

Jeremy Bentham inició el utilitarismo, una teoría ética según la cual una acción es buena si produce la mayor felicidad y bienestar para el mayor número de personas. En este enfoque, las buenas consecuencias hacen que una acción sea buena y las malas, que sea mala. El cálculo utilitarista de Bentham buscaba considerar cuánto placer produce una acción y a cuántas personas afecta, sin atender a la intención de quien actúa.

Gel plantea el ejemplo de dar limosna. Aristóteles, Platón, Tomás de Aquino o San Agustín habrían considerado también la intención, no solo las consecuencias. Si el dinero se entrega para recibir aplausos, impresionar a otras personas o aprovecharse de quien lo recibe, la acción sería mala aunque tuviera buenos resultados, porque la intención la corrompe.

En el análisis clásico, deben ser buenas las consecuencias, la intención y la acción misma. No se puede realizar una acción mala para obtener buenos resultados, como robar para dar a los pobres.

Para el utilitarismo, en cambio, lo único que cuenta en el análisis moral son las consecuencias y la cantidad de placer. Bentham creía que era posible hacer un análisis puramente cuantitativo: un placer más intenso recibiría un valor numérico mayor, y también se tendrían en cuenta su duración y el número de personas a las que llegara. Según su propuesta, cada elemento podía recibir una cifra para calcular la utilidad objetiva de una acción.

Más tarde, John Stuart Mill señaló los problemas de un análisis centrado solo en la cantidad. A su juicio, no todos los placeres tienen la misma calidad: el disfrute intelectual o el de la amistad son mejores que otros. Esa dimensión cualitativa ya no admite una expresión numérica.

En un vídeo, Enric F. Gel explica con más detalle las propuestas de Bentham y Mill. Los pensadores intentaron crear un sistema para medir numéricamente las consecuencias de las acciones, pero no lo consiguieron. La maldad, como el placer, la ira o la tristeza, no puede reducirse a una cifra.

Devilman tiene un poder apocalíptico en la ficción, pero la maldad no se puede medir: una paradoja que da una vuelta al refrán «no hay mal que por bien no venga».

Recomendado