Esperar a tener más confianza, sentirse a gusto con el propio cuerpo o aprender a quererse antes de hacer algo puede parecer una forma de prepararse. Sin embargo, el problema surge cuando sentirse bien con uno mismo se convierte en un requisito para empezar a vivir.
Hablar de autoestima suele reunir experiencias distintas: gustarse físicamente, sentirse seguro o pensar de forma positiva sobre uno mismo no son exactamente lo mismo. En general, la autoestima es la valoración que una persona hace de sí misma. A veces se la trata como un depósito que primero debe llenarse para poder relacionarse, exponerse o atreverse a hacer aquello que genera dudas.
La cuestión no está solo en tener una autoestima más alta o más baja, sino también en cuánto se necesita conseguirla, mantenerla o protegerla. En una revisión publicada en Psychological Bulletin, Jennifer Crocker y Lora Park propusieron fijarse no solo en cuánta autoestima se tiene, sino también en cómo su búsqueda puede influir en la conducta.
Cuando sentirse bien con uno mismo se convierte en un objetivo primordial, la conducta puede orientarse a proteger esa autoestima. Así, algunas personas evitan situaciones en las que podrían fracasar, buscan con mayor frecuencia la aprobación ajena o viven un error no solo como algo que ha salido mal, sino como una señal de que no son suficientemente buenas.
Buscar una autoestima alta no es necesariamente perjudicial; la dificultad aparece cuando protegerla condiciona lo que se hace. Si para sentirse bien una persona necesita evitar cualquier experiencia que pueda hacerla sentir incapaz, rechazada o insuficiente, esa protección puede limitar lo que está dispuesta a afrontar. La necesidad de gustarse puede decidir si participa en ciertos planes, y las dudas sobre la propia capacidad pueden influir en las oportunidades profesionales que acepta.
Evitar aquello que parece poner en riesgo la autoestima puede favorecer la evitación experiencial: los intentos de esquivar, controlar o escapar de pensamientos, emociones o sensaciones desagradables. Evitar puede aliviar el malestar a corto plazo. Si una persona no hace aquello que la hace sentir insegura, quizá tampoco tenga que enfrentarse a esa inseguridad en ese momento. La dificultad aparece cuando evitar el miedo, la vergüenza, la duda o el malestar empieza a limitar las actividades y experiencias. Si para actuar hace falta sentirse bien primero, la vida puede terminar organizándose alrededor de aquello que se intenta no sentir.
Frente a esa dinámica, la flexibilidad psicológica es la capacidad de adaptarse a las demandas de cada situación, reconociendo los propios pensamientos y sentimientos sin dejar que determinen necesariamente la conducta. Supone poder actuar de acuerdo con los objetivos y con aquello que importa, incluso cuando aparecen emociones, sensaciones o pensamientos incómodos.
Desde esta perspectiva, no es necesario esperar a que desaparezcan pensamientos de insuficiencia, disgusto con el propio cuerpo o dudas sobre la propia capacidad. La pregunta puede cambiar: en lugar de buscar cómo sentirse suficientemente seguro para actuar, cabe preguntarse si es imprescindible sentirse seguro para hacerlo.
No siempre se hacen las cosas cuando ya se siente preparación. A veces, la sensación de capacidad se construye también mediante las acciones, las experiencias y la comprobación de cómo se responde ante ellas. Esto no significa que afrontar aquello que da miedo vaya a aumentar automáticamente la autoestima, ni que una persona deba obligarse a hacer cualquier cosa que le produzca malestar. Significa que esperar a sentirse de una manera determinada para actuar también puede mantenerla atrapada.
Esta mirada modifica asimismo lo que significa quererse. Quererse no tiene por qué equivaler a gustarse todos los días, confiar siempre en uno mismo o eliminar las inseguridades. También tiene que ver con el trato que una persona se da cuando esas cosas no ocurren.
En ese punto aparece la autocompasión. Mientras la autoestima implica una valoración de uno mismo, la autocompasión se centra en la respuesta ante el sufrimiento propio, los errores o las limitaciones. Son conceptos relacionados, pero distintos. Una persona puede cuidarse un día en que no le gusta su cuerpo o aceptar una oportunidad sin tener la certeza de estar a la altura.
La autoestima importa, pero sentirse bien con uno mismo no tiene que ser un requisito previo para empezar a vivir. La confianza y una relación más amable con uno mismo también pueden construirse mientras se vive.

