El final del Sol podría alterar las órbitas de los planetas mucho antes de lo que se creía. Un estudio de científicos del California Institute of Technology (Caltech), en Estados Unidos, realizó 700 simulaciones sobre la pérdida de masa solar, incluidas 45 proyecciones consideradas de las más probables.
Los resultados sugieren que las órbitas podrían volverse caóticas apenas 1.000 millones de años después de que el Sol se transforme en una enana blanca, es decir, dentro de unos 10.000 millones de años. Las estimaciones anteriores situaban la supervivencia de las órbitas ordenadas en torno a 100.000 millones de años tras esa transformación.
Al final de su ciclo, el Sol se convertirá en una estrella caliente y densa conocida como enana blanca. Antes, dentro de unos 4.000 o 5.000 millones de años, agotará el hidrógeno de su núcleo y empezará a fusionar helio. Sus capas exteriores se expandirán y enfriarán, y más adelante serán expulsadas al espacio en forma de nubes de polvo y gas.
Los científicos habían supuesto que el Sol perdería alrededor del 46% de su masa de forma uniforme y continua. Ese proceso no cambiaría sustancialmente el centro de gravedad del sistema solar, por lo que las órbitas de los planetas exteriores permanecerían intactas. Sin embargo, los datos del observatorio espacial Gaia, de la Agencia Espacial Europea, indican que el paso de gigante roja a enana blanca puede ser más irregular.
Jim Fuller, físico teórico de Caltech y uno de los autores del estudio, explicó que la pérdida de masa del Sol como gigante roja se produciría mediante episodios de expulsión discretos, «similares a las eyecciones de masa coronal, pero mucho mayores». Los investigadores calculan que habría unos 4.600 episodios, cada uno de los cuales liberaría cerca de una diezmilésima parte de la masa solar, equivalente a 33 Tierras.
Cada expulsión daría al Sol un pequeño impulso en dirección opuesta, cambiando su velocidad en unos 7 metros por segundo. Si los episodios se distribuyeran de manera uniforme por la superficie solar, sus efectos se compensarían. Pero, al producirse de forma aleatoria, los impulsos podrían acumularse y alterar el equilibrio del sistema.
«Cada uno de estos elementos le da un pequeño “empujón” al Sol, lo que provoca que las órbitas planetarias se vuelvan ligeramente excéntricas», señaló Fuller. Una sucesión de esos cambios puede aumentar la excentricidad de las órbitas y favorecer las interacciones gravitatorias entre planetas, hasta desestabilizarlas. Según Fuller, al menos uno de los planetas exteriores probablemente será expulsado o chocará con otro poco después de que el Sol se convierta en enana blanca.
«No sabemos con exactitud qué sucederá porque el proceso es caótico», afirmó Fuller. Aun así, el estudio apunta a que el destino de los planetas interiores no cambiaría: Mercurio, Venus y la Tierra serían engullidos cuando el Sol se convierta en gigante roja, dentro de unos cinco o seis mil millones de años.
